viernes, 29 de enero de 2016

Nada se acaba...

Nada se acaba sin gritarle al colchón.
Apretando la almohada contra el pecho,
la nariz apoyada en la tela,
el grito sordo y apagado por el blanco.
Ese momento en el que usas todas tus fuerzas,
aprietas el costado,
cruzas las piernas,
abres los dedos de las manos
y los ojos se cierran.
Como se cierran las puertas
de hospitales cerrados
Se sellan
con carteles de prohibido el paso.
Se abandonan,
se dejan ocupando espacio.
Se arruinan, se pierden,
se vuelven inútiles, inservibles.
Como aquel grito sordo,
el llanto que no escucha,
que no vuelve, que no muerde.
Se lo ha tragado la pared,
por eso nunca dice adiós.
No le hace falta,
ya se ha marchado.